Clínica Psicoanalítica

Jacques Lacan propone en uno de sus seminarios cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis: la repetición, la transferencia, la pulsión y el inconsciente. Sin duda este último nos es familiar – a veces designado o aludido erróneamente como  subconsciente – teniendo noticia de él en nuestra vida diaria a través de la radio, televisión, literatura, cine, alguna conversación o incluso a través de nuestra propia experiencia por medio de alguna de sus formaciones, como los sueños, los conocidos lapsus u otros menos chistosos como los síntomas, es decir, como aquellos eventos que llegan a formar parte de nuestra vida sin que podamos evitarlos o saber por qué nos sucede, o las respuestas que tenemos al alcance no son suficientes; como sea nos producen malestar y sufrimiento.

Esta noción del inconsciente, invención de Sigmund Freud a partir de su práctica clínica, reconceptualiza y rompe con las concepciones que se tenían sobre el psiquismo humano, ciertas enfermedades, el malestar y el hombre en general; sí como supuesto general y comandante de su vida. En cuanto a la primera, viene a alterar la ecuación psiquismo igual a conciencia revelando que existen procesos psíquicos – regidos por ciertas leyes – que no tienen acceso a la conciencia, ni a los pensamientos ni a la razón. Así, la concepción del hombre se ve transformada radicalmente al verse este imposibilitado de saberlo todo acerca de sí mismo, de sus juicios, motivaciones, gustos, aversiones, amores, dolores, contradicciones, conflictos y desasosiegos, de controlarse y dirigirse por medio de la razón y la voluntad. Precisamente este no saber, junto con la desazón de sus efectos, nos impone un cierto padecimiento como elemento constituyente del ser humano, justo como lo planteó Freud en El malestar en la cultura.

Diván Matrusca

Es a partir de esta reinvención de lo humano que el psicoanalista se posicionará de manera distinta al psicólogo, psiquiatra y médico frente al malestar subjetivo. Para estos tres profesionales de la salud podemos decir de manera general que el sufrimiento y dolor son cuestiones ajenas a la condición humana, resultado de un malfuncionamiento psíquico, biológico, neurológico, bioquímico, fisiológico o cognitivo y que, en la mayoría de los casos, puede ser curado o aliviado y así recuperar el estado de salud o equilibrio previo al padecimiento que perturbó la supuesta salud. Sin embargo para el psicoanalista se trata de cuestiones inherentes a la condición humana y por lo tanto inseparables de ella, es más, son condiciones imprescindible para producir un sujeto.

El síntoma – considerado como tal por la persona misma y no por el médico, psicólogo, psiquiatra, maestro, etc. – es una de las formaciones del inconsciente y sin duda la más dolorosa y sufriente para la persona. Lo padece a pesar de su voluntad y muchas veces contra toda lógica o razonamiento; la perseverancia, tenacidad y  respuestas muchas veces no son suficientes para modificar las cosas ni aliviar el malestar. No son suficientes porque los síntomas son resultado de un conflicto psíquico inconsciente al cual no tenemos acceso por las vías del pensamiento habitual, así el psicoanálisis no es eso que algunos saben o creen: psicoanalizarse no es autoanalizarse o reflexionar las cosas. Tampoco lo hace por vías alternativas, como pudiera ser por ejemplo la hipnosis. Curiosamente algunos enfoques que se encargan de abordar el sufrimiento humano llegan a mencionar el papel de ciertos elementos inconscientes pero que en su práctica no los toman para nada en serio, creyendo que la decisión y disposición para cambiar son suficientes para lograrlo. Aquí no aplica aquello de basta que el foco quiera cambiar para que esto suceda.

Freud descubre un goce que el ser humano obtiene de aquello de lo que se queja, que goza de lo que lo hace sufrir, que obtiene una cierta satisfacción en el padecimiento, por disparatado que esto pueda parecer: la ganancia secundaria del síntoma. De ahí la renuencia a abandonar los síntomas, como si se prefirieran estos en lugar de hallar cierto alivio, de cambiar las situaciones, de tal manera que las soluciones rápidas y fáciles que prometen el bienestar y una vida sin conflictos quedan severamente cuestionadas desde esta perspectiva. Y sin embargo no deja de afirmar la responsabilidad del sujeto en lo que le sucede, incluso en la elección de sus síntomas. El psicoanálisis invita a hacerse en preguntas, deshacerse en respuestas, cuestionarse, responsabilizarse, cosas que usualmente no queremos hacer porque incomoda, cansa, exige esfuerzo, cierta renuncia al goce y sobre todo arriesgarse en las palabras. El trabajo analítico posibilita que el analizante se vaya encargando de esto que le sucede y el analista lo acompaña en ese recorrido.

Lacan en su lectura de los textos freudianos enuncia que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, de ahí que la palabra sea una de las piezas fundamentales del trabajo analítico. Pero no se trata de una conversación ni de una charla como algunos llegan a pensar. El psicoanálisis no busca comprender sino toparse con lo que sorprende en el discurso, tanto al analizante como al analista. Esto resalta el papel activo del analizante – sin que esto signifique que el analista es pasivo – quien apalabra eso que no se ha dicho, eso que no sabía, reescribiendo su historia, descubriendo un saber que creía no poseer, por doloroso, incómodo o desagradable que pudiese resultar. Por su parte, el analista, en su escucha activa y atenta, sirve de soporte para la palabra y trabajo del analizante, sin aportar ni sugerir el sentido de los síntomas, tampoco responde a su demanda pues solo así su silencio posibilitará el surgimiento del sujeto y eventualmente el analizante devele algo de su deseo. Corresponde aclarar que esta posición y escucha del analista sólo es posible como resultado de su propio análisis. Dado que cada sujeto habita la lengua de una manera particular, singular y única, cada análisis es diferente, lo que nuevamente exige al analista situarse en una posición distinta de todas aquellas que se aproximan al sufrimiento humano: en un cierto “no saber”.

La palabra es la que nos produce como sujetos ya que un ser humano es sobre todo un ser hablante. Un hablente. Un hablanteser. Un parlêtre según Jacques Lacan. Démosle un espacio para su expresión, para hablar y ser hablados por ella, asumiendo los efectos que esto produce.

Contacto.

1ª revisión, 11 de mayo de 2014