Jewish ancient holy writings on stone

Sobre la (no) dirección de la cura (I de II)

Ser, Sir,

Hacer, @-Ser,

Decir, Désir, de-ser.

Con el estilo crítico que caracteriza gran parte de la obra de Jacques Lacan, se inicia el texto que nos planteamos revisar en esta ocasión, pero solo en su primer apartado por ahora. Tal texto lleva por nombre La dirección de la cura y los principios de su poder[1] y el primer apartado se titula ¿Quién analiza hoy? Creemos que a pesar de no abordar el texto en toda su extensión y prescindir casi por completo de referencias a otros textos, se puede escribir algo acerca del mismo. Es más, tal vez ni se toquen todos los puntos de esta primera parte. Así que, advertidos y sin más preámbulo, comencemos.

1. Sin duda lo que más llama nuestra atención al inicio del texto es la situación de cierto psicoanálisis que tendría como quehacer la “reeducación emocional del paciente”. Sentencia que nos asombra e implica algunas cuestiones interesantes. De entrada preguntémonos si se puede educar lo emocional. No son pocos los que se inclinan por la afirmación ante esta interrogante pero son los menos los que se preguntan sobre los resultados de la misma tarea. Incluso podemos preguntarnos ya no por el compuesto educación-emocional sino sólo por el sustantivo. ¿Hasta dónde es posible educar lo humano y qué tanto se logra? Nuevamente nos topamos con posiciones hasta cierto punto sesgadas que plantean que la educación es la solución para prácticamente (casi) todos los malestares del ser humano, que si se invierte en educación se puede transformar un país, reducir la violencia, prevenir adicciones, convivir mejor, por ejemplo. La cuestión de la educación y sus condiciones, sin su adjetivo emocional, ha sido reflexionada de manera interesante en otro texto[2] donde la constante es cierta imposibilidad de conseguir lo solicitado: educar. Vale recordar a Freud cuando menciona tres tareas imposibles: educar, gobernar y psicoanalizar.[3] No nos interesa desarrollar este tema de la imposibilidad o en qué consiste, sino tomar las conclusiones de estos autores para nuestra reflexión. Otra área, por ejemplo, donde se hacen estas apuestas por educar es la sexualidad. ¿Se puede educar la elección del objeto sexual y la posición subjetiva de la persona ante la diferencia entre los sexos? ¿Se les puede reeducar para que ahora elijan correctamente? ¿Se puede hacer eso por propia voluntad o de alguien más? En síntesis: ¿se pueden educar las pulsiones? Vayamos a las escuelas y preguntémonos si lo que “falla” son los modelos educativos, pedagógicos, los maestros, los programas o cierta imposibilidad inherente a lo humano a ser educado del todo.

Asimismo, reeducar plantea un supuesto anterior en el que ya se había educado y por uno u otro factor resultó “mal”, no se le supo educar, en el peor de los casos el paciente, podemos suponer, no entendió adecuadamente, los padres no estaban listos, etc. Afortunadamente estarían estos analistas, que como escribe el autor, ya ni siquiera guardan las formas  para confesar que bajo el nombre de psicoanálisis se dedican a reeducar al paciente emocionalmente.[4] ¿Qué clase de práctica psicoanalítica es esta? El analista colocado en la posición de alguien que sí sabría cómo hacerlo, una especie de maestro – pues se nos dice que el maestro enseña, educa –, de padre, de buen guía, de talachero emocional. No deja de resultarnos curiosa esta posición. En nuestro post anterior ya habíamos mencionado cómo la expectativa esperanzada otorga un poder que el analista no utiliza, salvo para analizar. ¿Qué hay de análisis en un enseñar al paciente? ¿Dónde queda el carácter subversivo del psicoanálisis y la particularidad de cada sujeto si se le quiere aleccionar en lo emocional de acuerdo a ciertos modelos preestablecidos o modelos de emociones positivas y negativas? Pongámoslo así, este poder que les es otorgado a estos “analistas” por la transferencia es ejercido no para analizar, sino para sugestionar, o bueno, para educar.

No nos sentimos muy perdidos en este primer punto del texto pues Lacan es muy claro (sic) hacia el final del mismo: la impotencia para sostener auténticamente una praxis se reduce, como es corriente en la historia de los hombres, al ejercicio de un poder.[5] Y aquí nos hace pensar en la posición del analista para sostenerse en su lugar y no caer – al menos durante el análisis, pues al final sabemos que cae como resto de la operación analítica –, para no ejercer un poder, sino para analizar. En todo caso, si lo que se quiere es ejercer un poder, existen profesiones, prácticas y lugares desde los cuales uno podría servirse o asistirse para lograrlo; incluso algunas prácticas psicoterapéuticas lo permiten, es más, hasta cursos para líderes, jefes, maestros, etc. Definitivamente un análisis no va ni anda por esos caminos. Se nos ocurre pensar que de hacerlo así, se trataría de una coacción contra el deseo, como si este no tuviese suficiente ya por su condición estructural.

Emociones

2. “El psicoanalista sin duda dirige la cura”[6], escribe Lacan al inicio de este punto, lo cual de inmediato pareciera contradecir lo que critica, sobre todo cuando más adelante en ese primer párrafo dice que el primer principio de la cura es que el analista no debe dirigir al paciente. Además esta cita también pudiera referirse al punto anterior donde el analista reeduca, dirige ciertamente. Pero el analista que no dirige en este sentido, ha de hacer algo, que tiene que ver con dirigir es cierto, pero de otra manera. Ni modo que se haga cualquier cosa en el dispositivo analítico. ¿Hacia dónde dirige si no es en el sentido de la educación o de la moral? ¿Y existe forma de hacerlo?

Creemos en la validez de ambas preguntas pero que solo se responde la segunda aquí. Sin tantos rodeos, el analista sí dirige la cura llevándola hacia la aplicación de la regla analítica fundamental: que el paciente diga todo lo que se le ocurra, sin importar qué tan nimio o desagradable le pueda parecer; la asociación libre, que de libre tiene poco pues la apuesta es que siguiendo tal regla se producirán los significantes que han determinado al sujeto. ¡Libertad para hallar determinación! Entonces el analista efectivamente dirige la cura, cede la palabra al paciente y este habla libremente y se encuentra que su discurso está determinado. Podemos decir que ahora se le ha cedido la dirección de la cura al analizante. Claro que queda en suspenso la cuestión sobre las intervenciones e interpretaciones que llegará a formular el analista: ¿dirige o no la cura? Aunque de momento saldríamos de esto considerando la cuestión de por qué a él se le cuentan ciertas cosas, respecto a ciertos temas. En otras palabras: ¿por qué el analizante cuenta eso cuando se le concede “libertad” en su palabra? Por ejemplo, cuando sus pacientes le empiezan a contar sueños a Freud. ¿Él pedía eso, era su interés? Sabemos que no, sin embargo se lo contaban y él escuchó.

En el último párrafo de este punto se menciona un tiempo en que habría que hacer olvidar al paciente que se trata únicamente de palabras. ¿Se referirá Lacan a que también se trata de silencios, actos y del[7] ser?Dirección de la cura

3. Se suele decir que el buen no sé qué, por su casa empieza. Así que si se va a ser crítico qué mejor que hacerlo desde la posición en que el analista se coloca ante cierto eventos. Uno de estos corresponde a la cuestión del pago. A simple vista esta pareciera ser una cuestión propia del analizante en la que la participación del analista quedaría reducida a la de estirar la mano, a lo más señalar si tal falta, si se hace presente con su ausencia, es decir cuando al analizante se le olvida pagar, paga de más, de menos, o el dinero ya no le alcanza para pagar y aporta otros objetos que sus palabras, ¿por qué no? Pero detengámonos, decíamos que lo haríamos desde el lado del analista: esto mismo podría presentarse de su lado, no cobrando, confundiendo los pagos, dando cambio de más o de menos, cobrando con otros objetos. Cuestiones de su propio análisis y que hacen preguntarse sobre la dificultad que se mencionaba en el punto uno, según nuestra lectura: la impotencia para sostener auténticamente una praxis. En fin, sabemos que el pago es un acto simbólico y de ahí las riquezas (curioso venir con esta palabra en este contexto) interpretativas.

Lacan señala que el analista también paga. ¡¿Cómo?! Y menciona tres maneras[8] en que lo hace: a) paga con sus palabras, si estas son elevadas a su efecto de interpretación; esta condición nos hace pensar que el analista puede hablar y decir mucho, sin decir algo, sin que sus palabras produzcan efecto alguno diferente a la sugestión; cuestión complicada la de la operación analítica; b) paga con su persona, prestándola a los fenómenos que el análisis ha descubierto en la transferencia. La presta cuando se sueña con él, cuando se le piensa para decirle algo, cuando llega a formar parte de la cotidianeidad del analizante. Pero quisiéramos pensar este pago un poco más allá, al pensar que también paga con su persona con el mero hecho de estar y prestar su cuerpo y sus orejas para sostener el discurso del analizante, cargado de no se sabe cuántas cosas, sin caer de su posición; c) ¿paga con su renuncia al ser? Sabemos que eso es de esencial en la posición del analista y creemos que es aquí donde se está planteando. Cómo saberlo con certeza si el mismo autor lo plantea como pregunta. Sigámoslo entonces y también plantémoslo así. Él núcleo del ser, el corazón del ser es lo que queda fuera del juego, a eso renuncia. Comentando esto se llegó a plantear que pudiese expresarse de la siguiente manera: que el analista paga con su falta (en ser).

Y así llegamos a uno de los puntos más interesantes de todo el texto. Y esta vez sí nos referimos a toda su extensión, no sólo al primer apartado. Y es que ante la crítica de algunos al planteamiento del autor, este les responde que se contentan con la eficacia de la sugestión por el lugar que ocupan – ¿o debiéramos decir, les es otorgado? –, escrito elegantemente: que el analista cura menos por lo que dice y hace que por lo que es.[9] ¡Un análisis sustentado en el ser del analista! ¿Podemos imaginar esto? ¿Es posible analizar si un analista se coloca en esa posición? ¿Desde dónde va a analizar? ¿Desde el ser? ¿Qué acaso le basta su ser (sin preguntarse qué quiere decir eso) para curar? ¿Qué entonces sus actos y decires quedan en un segundo plano? ¿Qué para curar basta con ser analista? ¿Qué es eso? Hace unos párrafos nos sorprendíamos con el psicoanálisis educativo, por decirlo de otra manera. Ahora nos desconcierta esta cuestión del ser. ¿No sería regresar a prácticas sustentadas en la confianza depositada en el otro? Si el analista cura por lo que es y menos por lo que dice y hace pues lo mejor es buscar un Quesalid y reducir un Freud a aquel,  modificando la sentencia[10]. Definitivamente esto no haría más que mover a risa. Sabemos que eso tiene efectos, pero no es cuestión de análisis. Y que de ser así, ¿en qué consistiría la formación de los analistas? Dejemos ahí apuntado esto. La cuestión del ser será una constante en el resto del texto y de la enseñanza lacaniana en general.

4. El cuarto punto en su primer párrafo viene a articularse con lo anterior. De otra manera intentamos escribir lo que ahí comenta: el analista que se coloca siendo analista – valga la redundancia – estará menos seguro de su acción que si se “olvidara” lo que es. Y el siguiente párrafo tiene esa extrañeza característica de algunas líneas de Lacan, pero creemos poder rescatar algo que se enlaza a lo anterior: que las intervenciones no se eligen, tampoco su momento y número, mucho menos se podrá prever los efectos que puedan tener. Pensamos que el ser analista implicaría una especie de imperativo de tener que interpretar, cuando lo que aquí se plantea es que no es del orden de algo premeditado o algo que uno sabe hacer por el hecho de ser alguien. Así como el mago sabe hacer magia, el analista sabría interpretar bajo una especie de regla o modelo establecido.

[1] Lacan, Jacques. Escritos 2. México. Siglo XXI. 3ª ed. rev. y corr., 2009

[2] Gerber, Daniel. Discurso y verdad. México. Escuela Libre de Psicología, 2007

[3] Que curiosamente ninguna se ha dejado de llevar a cabo. ¡Vaya paradoja!

[4] Lacan, Jacques. La dirección de la cura y los principios de su poder en Escritos 2. México. Siglo XXI. 3ª ed. rev. y corr., 2009. p. 559

[5] Ibíd. p. 560

[6] Ibídem.

[7] “Delete”(?).

[8] Ibíd. p. 561

[9] Ibídem. Y sabemos que no podemos ser (escansión) simplemente dogmáticos y repetitivos plateando esta imposibilidad del ser sin trabajarla y reflexionarla a fondo, pero no será este el lugar para hacerlo.

[10] Lévi-Strauss, Claude. Antropología Estructural. Ediciones Paidós. 2ª reimpresión. Buenos Aires, 1995. Versión Digital. p. 207

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>